jueves, 5 de agosto de 2010

EL ARTE DE ESTAR CALLADO.



Hay gente que cuando tiene ganas de reír va a al cine a ver una comedia. Yo, prefiero ir al Museo de Arte Contemporáneo. Y no tanto por la risa que me dan muchas de las obras expuestas, como por los comentarios que los intelectuales hacen en un intento desesperado por interpretar su belleza.
- El policromatismo minimalista de esta obra consigue alcanzar la contratransferencia psicoanalítica entre significante y significado, cuya sintomatización deviene en un claro transtorno disfórico del final de la fase luteínica -ha sentenciado esta mañana un visitante que estaba a mi lado, tras contemplar durante varios minutos un collage de Frederic Amat.
Para ser sinceros, debo reconocer que he sido yo el que se ha puesto al su lado. Y lo he hecho de forma premeditada, como hago con todos. Cuando ha terminado su análisis, le he rogado que lo repitiera de nuevo a fin de que yo pudiera apuntarlo en un papel. Naturalmente, el experto, lejos de ofenderse, lo ha recitado de nuevo, esta vez con modales de rapsoda. Debería haberle explicado que tengo una colección de críticas realizadas in situ por los más prestigiosos mamarrachos que circulan por el Barrio Gótico de Barcelona, pero me he callado. Soy consciente de que mi silencio ignorante estimula su creatividad. Y les quedo muy agradecido. Porque estos bolonios ilustrado que los fines de semana vienen a mi barrio para brindar por su vanidad, me resultan tan imprevisibles, y casi tan divertidos, como la gabardina de Harpo Marx.
Hace pocas semanas se pagaron más de ochenta y dos millones de euros por un Picasso que yo no colgaría en el salón de mi casa aunque el Ministerio de Cultura me pagara todos los meses un alquiler por la pared. Desnudo, hojas verdes y busto, se llama. Dicen que el genio malagueño tardó sólo un día en pintarlo, lo cual resulta un exceso. Cualquier alumno de Bellas Artes no habría tardado más de dos minutos en acabarlo. Y diez segundos, como mucho, es lo que yo hubiera tardado en suspenderle, en el caso de haber sido su profesor.
Pero no soy profesor de nada, afortunadamente.
Ni de nadie.
Pues creo, al igual que Chaplin, que esta vida es demasiado corta como para ser algo más que un simple aficionado. Sólo hay tiempo para aprender. Aprender sin cesar, para poder vivir con es dignidad que nos niega la ignorancia. Prefiero una persona que sabe poco pero que sabe qué hacer con lo que sabe, a una que ha leído mucho pero que ignora lo que intuyen quienes le escuchan, que es justamente todo aquéllo que le queda por aprender.
El arte es una mentira, pero una mentira que nos ayuda a descubrir la verdad, reconoció Picasso en cierta ocasión. Hay pintores que me gustan más por lo que dicen que por lo que pintan, como hay sabios que me gustan más por lo que callan que por lo que otros creen escuchar. "Cuando no se puede hacer nada, siempre se puede dar ejemplo", decía el padre de mi amigo Ángel. Mi amigo se lamenta de haber nacido demasiado pronto o demasiado tarde, en una sociedad que nos rodea de tecnología y nos llena de vulgaridad. Cierto. Tan cierto como que quien tiene un amigo tiene un tesoro. Pero si este amigo es un creyente que duda y un esteta que siente, y además está comprometido con la belleza como Einstein con la eternidad, el tesoro adquere un valor imposible de subastar en Christie´s.
Sólo se atreve a dudar quien necesita aprender, y sólo quien cree que ya ha aprendido se conforma con creer. En el Sutra del Corazón, Buda, que jamás habría alcanzado la iluminación si no hubiera dudado de ella, le recuerda a Sariputta que la forma es el vacío y el vacío la forma. La utilidad de un cubo está en el vacío, y Buda sabía que sólo puede conquistar la sabiduría quien se ha rendido ante el silencio. Rendirse ante el silencio es la mayor de las victorias. Y vaciarse ante una obra de arte, el mejor homenaje que se le puede hacer al autor.
La pintura, como el amor, debe conservar siempre su misterio. Sin misterio no hay magia y sin magia no hay ensueño. Cuando alguien se empeñe em demostrarte lo mucho que sabe, escúchale.
- Y si se queja de lo mucho que le queda por aprender, entonces, síguele.
Poco escucha quien mucho habla y poco aprende quien mucho opina. Opinar es una forma de adulterar la pureza de los sentidos, y el peor daltonismo no es el visual, sino el intelectual. Conozco a un famoso de que de pequeño soñaba con pilotar un avión del Ejército, pero cuando siendo adulto se presentó a las pruebas, el tribunal médico le excluyó tras haberle detectado un daltonismo dicromático. Cuando se recuperó de la depresión, se dedicó a sobrevolar los cielos del arte figurativo. Y como no conseguía vender un cuadro ni regalando dos por uno, acabó dedicándose a la crítica profesional en la prensa escrita. Hoy en día sigue pintando igual de mal, pero sus opiniones sobre las obras de los otros deciden quién expone y quién no en algunas de las galerías más importantes de Barcelona. Él vive de ajusticiar la calidad de las obras ajenas, aún sabiendo que, debido a su problema de visión, a él no le darían trabajo en una fábrica de pinturas como responsable del control de calidad.
Pero somos muy pocos los que conocemos su secreto.
El que se queda un elogio, advertía Picasso, se queda con algo ajeno. Y luego remataba: "Un pintor es alguien que pinta lo que vende, mientras que un artista es alguien que vende lo que pinta". Aunque no lo dijo, el autor del Guernica sabía que la diferencia entre un pintor y un intelectual es la misma que entre un retrato y una caricatura. El intelectual se mira en las pinturas ajenas como la Madrastra de Blancanieves se miraba es el espejo, suplicando un reconocimiento que no llega jamás.
Pero el intelectual profana lo más sagrado de una obra de arte: su silencio. El intelectual desconoce que si el silencio no fuera sagrado, las rosas hablarían sobre su perfume, los árboles sobre sus frutos y las nubes, al atardecer, nos darían conferencias sobre meteorología descriptiva. La Naturaleza es silenciosa y sólo rompe su clausura verbal para regalarnos su música, una música cuya partitua no necesita letra para justificarla. La Naturaleza es silenciosa porque sabe -ay- que la discreción es la cualidad más valorada de la belleza.
Marcel Marceau, el mago del silencio, llevaba en su sombrero de copa una flor que simbolizaba la fragilidad de la vida. Sabía que la belleza es demasiado efímera como para ponernos a discutir sobre ella. Y con sus gestos no se limitaba a mostrárnosla. Hacía algo más terrorífico: la desnudaba. Contradeciendo al Principito, demostraba que, gracias al silencio, lo esencial sí es visible a los ojos. Mientras el intelectual quiere impresionarnos con sus palabras, el mimo nos instruye con sus silencios.
He aquí la diferencia entre un pantomimo y un pantomemo.
Marceau se disfrazaba de payaso para disimular su tristeza, la infinita tristeza que le producía el ruido del mundo. Por eso a algunos niños les dan miedo los payasos. Intuyen la tristeza de ese hombre disfrazado de fracaso que cada día crece contra su voluntad. El silencio tiene tantas cosas que decirnos, que a veces nos da miedo. Somos tan materialistas, que todo lo invisible nos asusta. "¿De dónde proviene la angustiosa extrañeza que brota del silencio?", se preguntaba Freud.
"¿De la oscuridad o de la soledad?.
El silencio brota en los ojos del mimo y la lágrima pintada en su rostro es un grito estrangulado, una denuncia permanente contra el ruidoso encanto de la vulgaridad. Demasiados corazones, quizá, para un mismo pecho. La mímica no es el arte de imitar: es le arte de crear. Sin telas, ni pinceles, ni colores. Moldeando únicamente el inaccesible templo de la vacuidad.
Sólo puede escuchar la música del amor quien es capaz de afinar el silencio, y el mimo sabe que el músculo cardiaco es el más dulce, quizá el más antiguo, instrumento de percusión. Sus latidos son aplausos que ovacionan el milagro de la vida, simbolizado en la flor de su sombrero. El mago nos invita a soñar y el mimo a despertar. Tres cosas hay que no pueden ser ocultadas por mucho tiempo, decía Buda: el Sol, la Luna y la Verdad. Independientemente de su religión, todos los místicos saben que la verdad se oculta tras el silencio, como el perfume tras la flor. El aire está lleno de poesía y el mimo nos presta sus pulmones para que aprendamos a respirar sin ahogarnos. Su rostro es una pizarra donde los versos, escritos con tiza, reflejan lo que Bergman quiso, y no pudo, rodar. Malabarista de espejos, es un hipnotizador que convierte nuestros ojos en pompas de jabón, pompas efímeras, semejantes a esa flor cuyos pétalos caen al escenario como lágrimas de despedida, al caer el telón. Toda función termina y el silencio es a la vida como el agua al hielo.
Cuando no se puede hacer nada, siempre se puede dar ejemplo, decía don Miguel. Hay hombres que son así, como las pompas de jabón del mimo, que al acabar la función se evaporan en el aire para dejarmos un arco iris en el cielo.
(Dedicado a María Fernández de Córdoba)
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