martes, 18 de octubre de 2011

LÁGRIMAS DE ARENA.








Cuando Alejandro Magno le dijo a filósofo Diógenes que pidiera un deseo y éste le rogó que se apartara porque le estaba tapando el sol, Alejandro, en vez de ordenar su arresto o su ejecución, le confesó que en la próxima reencarnación quería ser como él. Entonces el filósofo le preguntó:

  • ¿Y por qué quieres esperar a la próxima reencarnación para ser como yo?. ¿Qué te impide serlo ahora?.
  • Voy a conquistar el mundo-, explicó Alejandro.
  • ¿Y después de conquistar el mundo, qué tienes pensado hacer?.
  • Descansar.
  • Estás loco –le dijo el filósofo-. Yo no he necesitado conquistar el mundo para poder descansar en este momento. Si tu meta es acabar descansando, yo, en tu lugar, empezaría ahora. Porque lo que no hagas ahora, es posible que no lo hagas jamás.

Nadie puede mirar su tiempo como mira su dinero en la cartilla de ahorros. Pues el tiempo, como los empleados de banca, siempre se equivoca a su favor. La banca siempre gana. Y el tiempo, también. Acumular éste no produce intereses, porque el tiempo, al contrario que el dinero, no se puede acumular. El pasado es recordable pero no recuperable y por eso el futuro no se puede comprar. Tampoco se puede heredar. Distraerse matando el tiempo no es el peor de los asesinatos, sino el más absurdo de los suicidios. Y si es un error creer que uno debe vivir para recordar, también es un error olvidar que en esta vida sólo vale la pena vivir lo que merece ser recordado.

En Física, el tiempo es una coordenada que determina la posición de un suceso en el Universo desde donde lo observamos. Newton creía que era un valor absoluto y Einstein demostró lo contrario. Los relojes de cuarzo miden el tiempo contando el número de vibraciones electromagnéticas emitidas por los átomos de este cristal, pero el tiempo que importa no es el que suena en el reloj, sino el que late en la muñeca.

Para algunos, el más fiable despertador.

Los deterministas aseguran que en esta vida no vivimos ni un minuto de más, y los pesimistas, ni uno de menos. Pero la unidad de medida del tiempo no son los segundos, ni los minutos, ni las horas. Su unidad de medida es la nostalgia. Y en nuestra vida diaria, lo que nosotros entendemos como tiempo es una mera ilusión. El tiempo no pasa. No pasa porque no existe. Lo único que pasa ante nuestras narices son las oportunidades. No hace falta ser Heráclito para saber que el movimiento es la ley que gobierna el Universo. Aunque una cosa es saber que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río y otra vivir como los salmones. La vida del salmón es un eterno retorno, una perpetua vuelta a los orígenes donde tiene que luchar contra la corriente del río, los remolinos, las rocas, los trozos de árboles que se cruzan de forma hostil en su camino, en unas condiciones tan adversas donde a veces ni siquiera puede alimentarse. Y todo este sufrimiento para volver al mismo sitio donde nació. En el río de la vida uno puede deslizarse de muchas maneras. Puede navegar, nadar contra corriente, bajar rebotando contra las piedras. Puede hacerlo relajado o teniendo constantemente la sensación de que se está ahogando. Pero en este río no es necesario ser un campeón de natación.

Con aprender a fluir, basta.

En su Principio, Arquímedes estableció que el empuje hacia arriba sobre un objeto sumergido es igual al peso del agua desalojada, dejando claro, con veintidós siglos de antelación, el fundamento del psicoanálisis. En el tiempo de nuestra vida diaria, como en el de la Física, la posición del observador es fundamental a la hora de valorarlo. Dependiendo de su postura emocional, para unos pasa más rápido, para otros no tanto. Y luego hay algunos, los menos, que se olvidan de él y no esperan a morir para eternizar cada momento. Saben que no hay un día que valga más que otro. Saben que todas las horas valen lo mismo y si su precio es tan alto es porque todas, absolutamente todas, son irrecuperables. Saben que hay ocasiones en las que, en vez de salir a buscar, es más importante dejarse encontrar. Y correr detrás del tiempo es tan estéril como huir de él. Porque al tiempo, como al miedo, no se le puede abrazar. El miedo está diseñado como mecanismo de supervivencia, pero es el único asesino que acaba con tu vida y te permite seguir respirando. Respirar como el salmón, cuya motivación es tan fuerte como la de Alejandro Magno. Pero la meta no siempre se consigue luchando. A veces el camino y la meta se confunden y no se necesita llegar el primero para conseguir el premio. Diógenes sabía que no hay que recogerlo en ningún podio. El premio es uno mismo y no hace falta el veredicto de ningún jurado. En esta carrera hay muchos caminos pero un solo corredor. No es necesario saltar obstáculos como hace constantemente el salmón. Y como lo más oculto no tiene por qué ser lo más lejano: a veces el premio se logra cuando, accidentalmente, uno se arrodilla para beber agua del río.

Nuestro pasado está mucho más cerca de lo que pensamos y el descanso, a veces, es el único puente entre lo soñado y lo vivido, lo reído y lo llorado. Lo que nos separa del espejo son los gestos que hacemos ante él. Las muecas, las posturas, la ropa. No miramos lo que vemos, sino lo que nos gustaría ser. Y para averiguar lo que somos no es necesario construir el futuro. Basta con dejar de reinventar el pasado.

Y reconciliarnos con él.

Somos más, mucho más de lo que pensamos, pero menos, mucho menos de lo que creemos ser. Dejar de fingir, dejar de posar, dejar de imitar, es empezar a crecer. No para ser más alto que los demás, sino para dejar de usar a los demás en nuestra carrera por aparentar lo que ellos tampoco han logrado alcanzar. Crecer no significa ser más que los otros sino averiguar lo que uno ya es. No hay que transformarse físicamente, como hace el salmón cuando emprende su regreso desde el mar. No hay que competir, ni vencer. Para dejarse alumbrar por la luz interior no es necesario doctorarse en energía electromagnética. En ocasiones es suficiente con averiguar quién camina contigo.

Y, sobre todo, a quién llevas a cuestas.

Parménides de Elea no consideraba la eternidad como duración infinita, sino como negación del tiempo. El tiempo no existe: sólo existe el movimiento. Algunos desconocen que no es el paso de los años lo que nos asusta, sino los cambios. Pero nada podemos reprocharle a la muerte, pues lo único que hace es quitarnos lo que nunca ha sido nuestro. Y el día que nos acorrala, poco importa lo que tengamos en las manos. Nos iremos como hemos venido. De nada nos servirán esas garras con las que hemos pretendido acumular todas las cosas de este mundo. No hay sitio donde nos podamos agarrar cuando la muerte succiona nuestros sueños. Su reloj de arena funciona despacio, pero todos acabamos enterrados bajo su paciente, e implacable, lentitud. Si de pequeños nos enseñaran a acariciar en vez de a estrangular, a compartir en vez de a poseer, la muerte sería eso: una estación más.

A partir de aquí, el esfuerzo no consiste en hallar el elixir que nos haga eternos. La eternidad no tiene direcciones, sino condiciones, y la primera quizá sea no tirarse de cabeza allí donde no se puede nadar. Aunque uno no necesita moverse para aprovechar lo que otros llaman el paso del tiempo. Einstein demostró que la masa es energía contenida y de ahí nació la bomba atómica. Casi siempre hay más energía en la gente que calla que en la que grita. La diferencia está en el uso que cada uno hace de ella. Para aprovechar el tiempo no es necesario hacer muchas cosas a la vez. Mejor hacer sólo una, sabiendo lo que se está haciendo, que hacer muchas sin saber muy bien por qué. Hay gente que pasa su vida haciendo muchas cosas para luego darse cuenta de que no tiene nada. Uno puede estar trabajando de lunes a domingo todas las semanas, trescientos sesenta y cinco días al año, para que un día, al cabo de muchas décadas, un médico le explique pacientemente lo que no se puede comprar, o un filósofo lo que no es posible conquistar.

Para Diógenes, el agua que bebía no era excelente por su sabor, sino por la sed que tenía cuando la acercaba a sus labios. Demostró que es mejor beber con placer que beber para olvidar. Pues sólo quien es dueño de su presente puede ser amo de sus recuerdos.

Ahora, que ya no hay tierras que conquistar, la mayoría está tan confundida que bebe cuando tiene hambre y come cuando tienen sed. En la escalera de la vida las horas son los peldaños, y muchos los suben de tres en tres, durmiendo sin sueño y soñando sin saber, que ya han soplado las velas de su último cumpleaños.



(De Los relatos de José Escuder)
-Todos los derechos reservados-

jueves, 23 de junio de 2011

ANFITRIÓN DE MIS RECUERDOS.

Todo el mundo se queja de su memoria pero nadie de su inteligencia, dijo el sabio una vez. Sin embargo, esta frase no es del todo cierta, porque yo sí me quejo de mi inteligencia. Aunque ahora no recuerde el nombre del sabio.
La memoria está tan relacionada con la felicidad, como la piel con el placer. Y con la memoria ocurre lo mismo que con la inteligencia: lo importante no es la cantidad que tienes, sino el uso que haces de ella. Hay personas que parecen muy inteligentes porque saben selccionar sus frases. Pero la verdadera felicidad no consiste en saber seleccionar las frases que impresionan, sino los recuerdos que nos emocionan.
- Y si todo el mundo sufre tanto por culpa del amor, ¿por qué no existe el cáncer de corazón? -me pregunta doña Adela.
En este mundo hay dos tipos de filósofos: los que sólo tienen preguntas y los que sólo tienen respuestas. Los primeros conducen el auriga de la sabiduría y los segundos la ignorancia de la mayoría. Al fin y al cabo, son las preguntas del hombre lo que le hacen grande, y sus deseos de resolverlas lo que le hacen hombre. Pero a lo largo de la Historia siempre ha habido mujeres que se han hecho preguntas. Y doña Adela practica el arte de la filosofía con la misma elegancia, y parecida soltura, que un campeón de hípica saltando obstáculos. Doña Adela podía haber sido mi suegra si yo hubiera admirado a su hija tanto com la admiraba -y la admiro- a ella.
- Pero aún no me has contestado por qué no existe el cáncer de corazón -vuelve a insistir.
- Quizá es porque las células del corazón se limitan a bombear sangre y no necesitan replicarse y crear nuevas, a menos que se produzca una lesión.
Por su forma de mirarme, intuyo que esperaba una respuesta más poética.
Por su forma de sonreir, compruebo que la he decepcionado.
Doña Adela esperaba otra respuesta porque está convencida de que yo debo estar a la altura de mi talento, un talento que yo sólo veo en su imaginación. A ella le encanta hablar de poesía cuando quedamos para merendar, porque sabe, como yo, que la poesía es el relámpago que ilumina el cielo de la filosofía.
Pero hablar de poesía no es sólo hablar de poetas. Cuando doña Adela me habla de amor, lo hace con la misma pasión que Diotima de Mantinea hablaba a Sócrates en la República. Y al igual que Diotima, piensa que hay "una belleza pura, simple, sin mezcla, no revestida de carne ni de vanidades perecibles, que existe eterna y absolutamente en sí misma y por sí misma, esa belleza Absoluta, Divina, cuya contemplación es el mayor mérito en esta vida".
Antes de elegir el sitio donde vamos a merendar, siempre pactamos quién va a abonar la cuenta. Y la única forma de saberlo es ver quién pierde la apuesta.
El juego es simple.
Lo inventó ella la primera vez que paseamos juntos por la Rambla, hace ya muchos años. Nada más llegar a la Fuente de Canaletas, nos dedicamos a observar a los turistas. Entonces, uno pregunta la nacionalidad de una pareja o un grupo que se aproxima y el otro debe adivinarla antes de que llegue a nuestra altura. Los jóvenes italianos son los más previsibles, porque parece que estén todo el día mirándose en el espejo. Los europeos del norte, al contrario, dan a entender que han tapado con cortinas todos los que tienen en su casa. Los marroquíes no resultan tan familiares, y hay tantos, que al llegar a la altura del Liceo nos da la sensación de que los turistas somos nosotros.
Hoy nos acercamos a una tienda de souvenirs, no para adivinar la nacionalidad de los que allí trabajan, que es evidente, sino para que ella, con su curiosidad de filósofa ateniense, pregunte por qué en una tienda de productos españoles tienen tanto protagonismo las fotos de Bob Marley y las espadas de samurai. Un dependiente le dice que sólo el encargado puede darle una explicación satisfactoria, y cuando éste llega, en vez de darle dicha explicación, le ofrece un descuento por la compra de un sombrero mejicano.
A mí me fascina la habilidad de dona Adela para adivinar nacionalidades y a ella le sorprende la mía para detectar carteristas. Naturalmente, yo tendría menos mérito si ellos tuveiran más cuidado, pero la falta de miedo convierte sus intenciones en algo tan predecible como la lluvia en un día nublado. Yo me encargo de detectarlos y ella se encarga de darles un pinchazo en el glúteo con la insignia que le otorgó la Cruz Roja.
- El patriotismo es algo más que ponerse firmes delante de una bandera - advierte, mientras los compinches se alejan preguntando al carterista, entre risas, el motivo de su grito.
Y con británica indiferencia, doña Adela extrae una toallitas de su bolso para desinfectar la aguja.
- Si por mí fuera, le habría clavado una banderilla. Pero ya ves lo difícil que resulta encontrar banderillas en una tienda española de souvenirs.
La insignia de oro de la Cruz Roja tiene un especial significado para ella. Aunque no es la única condecoración que posee. Yo valoro todas las que las autoridades han puesto en su abrigo, pero valoro aún más las que la vida ha clavado en su pecho.
Antes de llegar a la calle Petritxol nos paramos en la floristería donde, según ella, la rosa que siempre le regalo dura más de quince días. Después de que el pakistaní se la envuelva con exquisito gusto, ella se la acerca a la nariz, aun sabiendo que no huele.
- Lo importante de una rosa no es su perfume, sino el amor con que se regala.
Ella nunca me ha dicho que me quiere como a un hijo, pero uno de sus hijos le reprochó hace poco que mencionara mi nombre con tanta asiduidad. Yo tampoco le he confesado nunca la innegociable admiración que siento por ella, pero el hecho de que se me notara tanto impidió, en su momento, que me convertiera en su yerno.
Como los grandes filósofos, doña Adela no filosofa para pensar por los demás, sino para que los demás piensen por sí mismos, aunque lleguen a conclusiones diferentes a las de ella.
Ya en la granja, me explica:
- Para Platón, filosofar es una manera de aprender a morir. Morir para despertar. ¿Recuerdas los versos de don Gregorio?. "Vivir no es sólo existir/ sino existir y crear/ saber gozar y sufrir/ y no dormir sin soñar". Por cierto, ¿tú también crees que descansar es empezar a morir?.
Con habilidad de cirujano, corta el cruasán hasta convertirlo en trozos minúsculos y luego aprovecha para ponerlos disimuladamente en la boca de un Yorkshire que tiene al lado, sin que su dueño se entere.
- Ya sabemos que el chocolate es malo para los perros, pero peor es vivir con un dueño amargado.
Y cuando iba a contestar a su pregunta de si descansar es una forma de empezar a morir, ella continúa con su exposición:
- Hay que despertar para poder vivir con un mínimo de dignidad. Porque morir no siempre significa partir. Filosofar sobre la vida es la única certeza, cuando la eternidad nos resulta tan esquiva. Gracias a la filosofía he aprendido que no hay que vivir por los demás, sino para los demás. Y vivir para los demás es una bonita forma de existir. Cuando a Diógenes le preguntaban qué beneficios le aportaba la filosofía, explicaba el más importante de todos: ser capaz de vivir con uno mismo. Y ésto sólo se consigue cuando tú eres el anfitrión de tus propios recuerdos, y no al revés. Pero para ser anfitrión de tus recuerdos debes haberte reconciliado con ellos. Y los recuerdos, créeme, están tan unidos a tu prójimo, como las olas al mar.
A las ocho en punto nos encontramos de nuevo con la enfermera que la espera al otro lado de la calle, fuera del coche.
- Las épocas más felices de mi vida han sido cuando he sabido escoger a mis amigos y cuando he sabido seleccionar mis recuerdos. Prométeme, José, que nuestra amistad jamás se convertirá en un recuerdo.
Doña Adela acerca su mano a mi boca y yo beso el anillo que en su día le regalé a su hija.
- ¿Sabes ya por qué los humanos no padecemos cáncer de corazón?.
- Pues no.
- Porque sin corazón no podríamos resistir tanto sufrimiento -me sonríe, mientras veo cómo se aleja en su silla de ruedas.







De "Los artículos de José Escuder".

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LA ETIQUETA DEL AMOR NUNCA LLEVA EL PRECIO.


"El amor es como el viento, José, no puedes verlo ni señalarlo. Lo único que puedes hacer es ver las consecuencias de sus efectos. Puedes saber si está lejos o cerca, pero no puedes atraparlo con la mano, aunque él te lleve de la tuya a uno de sus incontables paraísos o a cualquiera de sus numerosos infiernos. El amor es como el Sol, debes permitir que te alumbre, pero no debes mirarlo de frente. Puedes pedirle que te guíe, dejar que te despierte. Y como el Sol hay que dosificarlo, pues los rayos que te broncean son los mismos que te queman".
Lucía comienza a buscar un cigarrillo en sus bolsillos, sin darse cuenta de que ya tiene uno apagado entre los dedos.
"Por amor -continúa- he roído manzanas prohibidas, he bebido en copas rotas, me he anudado collares de espinas. Por amor he viajado sin billete y sin maleta, sin destino y sin vergüenza. He esnifado el polvo de estrellas fugaces y he empañado mi espejo con el aliento de la mentira. Por amor he subido montañas a cuatro patas y he bajado rodando la escalera de los sueños.. He corrido creyendo que caminaba y me he arrastrado creyendo que volaba. Por amor me he duchado con un extintor, he corrido delante de un toro y he dormido debajo de una cama. He escrito promesas en el hielo para que se descongelara, he repicado las campanas del dolor y le he robado mi alma al Diablo, para venderla, de saldo, al mejor postor. Por amor he dormido con los ojos abiertos y he conducido con los ojos vendados. Me he pintado los ojos en el camerino de la muerte, he tentado a la suerte hasta con el último cántaro, pues tanto va el corazón a la fuente, que acaba a sus pies infartado".
Lucía se detiene para invitarme a escuchar Hope there´s someone, la canción de Anthony and The Johsons que ahora empieza a sonar en la televisión.
"Hay artistas que aprenden a llorar antes que a cantar -continúa después de que ésta finalice-. Éstos son mis preferidos. El arte necesita de las lágrimas como la mañana del rocío, y no merece tener público el cantante que sólo se atreve a llorar en privado. Dime, ¿por qué uno debe esconderse cuando tiene ganas de llorar?. ¿Por qué los demás no se esconden cuando tienen ganas de gritar?. Llorar es más humano que gritar, porque nunca nadie ha visto llorar a un dinosaurio. Quizá por eso se extinguieron. Llorar no siempre es un acto de reivindicación. A veces puede ser un acto de agradeciemiento a la vida, por habernos dado la oportunidad de aprender. Nunca he conocido a alguien que aprenda riendo, posiblemente porque cuando uno rie suele mirar al cielo. El suelo donde te golpeas al caer, tú me lo has dicho muchas veces, es el mismo en donde luego te apoyas para levantarte. Y el destino de mis lágrimas ha sido siempre el suelo. Porque he aprendido que sólo ama la vida quien la desafía constantemente. Aunque dicho desafío, cual fuere, no suponga un desprecio, sino una ofrenda. La longevidad puede ser el destino de los afortunados o el castigo a los cobardes. Cuidado con aquéllos que presumen de haber llegado a viejos. Muchos de ellos, sin saberlo, ya lo eran desde niños. El único esfuerzo que han llevado a cabo en toda su vida ha sido sobrevivir a su propio aburrimiento. Están convencidos de que lo importante es llegar, y además, con el corazón en perfecto estado. Para ellos, éste es sólo un músculo vital que debe durar el mayor tiempo posible y en las mejores condiciones. Les obsesiona su funcionamiento, pero no les preocupa su uso. La cuestión es durar lo máximo, aunque ello suponga vivir lo mínimo. Allá ellos. Uno puede dedicar su vida a dar consejos y buscar gente que los escuche y acepte. Correcto. También puede presumir de saber lo que es el Bien y el Mal, aunque no practique lo primero y tampoco se haya atrevido a probar lo segundo. Hay quien piensa que el Mal es lo contrario del Bien. Y se equivoca. El Mal es lo que el Bien necesita para justificar su propia incoherencia. El Mal es el vertedero donde los buenos lanzan todo aquello que no entienden, para que los tontos confundan bondad con cobardía, y encima se muestren agradecidos. Pero ser rebelde no consiste en desobedecer las leyes. Para incumplir las leyes, primero hay que analizarlas. Porque a menudo se confunde pereza intelectual con cobardía. Ser rebelde no significa hacer lo contrario de lo que uno debe, sino hacer exactamente lo que uno cree que debe hacer, aunque ésto suponga hacer lo contrario de lo que suelen hacer los demás. El rebelde no desobedece las leyes: desafía las tradiciones. Fumar en sitios prohibidos, poner los pies encima de la mesa, teñirse el pelo de verde son conductas de quienes necesitan ser, o mejor dicho: parecer, diferentes. La necesidad de ser diferente no implica ejercer la rebeldía, aunque ejercer la rebeldía sunponga a menudo llevar a cabo conductas novedosas. Actuar de manera distinta al resto supone haber aprendido que el resto, en ocasiones, se equivoca. El rebelde no busca la diferencia: se encuentra con ella a lo largo del camino. Quien se tumba en un banco público o luce gafas del sol en un lugar cerrado, no está rompiendo las normas: está imitando a aquellos que creen que rompiendo las normas se ejerce la rebeldía. Llevar le pelo o los zapatos de un determinado color no es una norma sino una opción personal, y como tal debe debe ir encaminada a la satisfacción propia y no al escándalo ajeno. Los ignorantes quieren imitar a los rebeldes llamando la atención, sin saber que la admiración verdadera sólo se produce involuntariamente. Si alguien quiere ser, o parecer, diferente a los demás, lo primero que debe hacer es cultivar la discreción, que es precisamente lo que no hace la mayoría. Los ignorantes aceptan sacrificar el buen gusto en nombre del exhibicionismo, por confundir éste con la innovación. Creen que la belleza se rige por unos cánones que ellos, como buenos rebeldes, deben cambiar. Pobrecitos. La belleza no necesita reglas, porque ya se encarga la sensibilidad de aclarar cualquier duda al respecto. Sólo quienes se ven obligados a argumentar su falta de gusto argumentan que sobre gustos no hay nada escrito. La belleza no se busca: es ella la que nos sorprende en el lugar más inesperado. Como el amor de nuestra vida".
Lucía se dispone a beber un trago de agua, sin reparar que el vaso que ahora acerca a sus labios lo ha estado haciendo servir como cenicero.
- Al final va a ser verdad eso que dice tu amigo, que no soy yo la que tiene pensamientos, sino que son los pensamientos los que me tienen a mí -se excusa con una sonrisa.
A pesar de lo que fuma, Lucía exhibe unos dientes sorprendentemente blancos. Quizá esta luminosidad se deba, más que al dentífrico, a la sinceridad de sus palabras. En lo que se refiere a la boca, la gente, por lo general, se preocupa más por el color de sus dientes que por la autenticidad de su verbo. Una correcta alienación dental resulta atractiva, pero más atractiva aún resulta una correcta sintaxis intelectual. Hay gente que no toma azúcar para evitar la caries. El azúcar ataca a los dientes, sí, pero la falta de dulzura ataca a la personalidad. El cepillo puede limpiar los dientes después de una comida, pero no hay cepillo que pueda limpiar, ni dar brillo, a esos adjetivos cariados por la agresividad. Hay gente que al hablar mastica las palabras, triturando así cualquier posibilidad de diálogo. Pero las palabras de Lucía son suaves, como los aros que dibuja en el aire con el humo de sus cigarrillos.
"¿Has visto?. A veces consigo que tengan forma de corazón. Corazones que desaparecen en el aire sin que pueda atraparlos. Cuántas cosas desaparecen todos los días en el aire sin que nos demos cuenta, ¿verdad?. Cada noche me pregunto a dónde van a a parar todas esas palabras que he dicho durante el día. ¿Se amontonan a nuestro alrededor, como un karma invisible?. Si pudiera elegir su destino, me gustaría que el viiento se las llevara muy lejos de aquí para que a otra mujer le sirvieran de inspiración. Si es verdad que la energía no se destruye, que sólo se transforma, ¿adónde van a parar las promesas de amor?. Atrapar el amor es como pretender atrapar uno de estos corazones hechos de humo. Cuando intentas agarrarlos con tus manos, pierde su forma original. De un cigarrillo pueden salir muchos corazones de humo, pero, ¿cuántas promesas de amor eterno pueden salir de un solo corazón?. Mucha gente tiene miedo a amar porque tiene pánico a sufrir. Por ejemplo, hay gente que no quiere tener otro perro porque se niega a sufrir la misma pérdida de nuevo. Pero el amor es así. Por un lametón del mío, o por volver a oír ahora mismo uno de esos ladridos que tanto le reproché, no dudaría en comenzar de nuevo la tragedia de vivir sin él. Yo prefiero sufirir por haber amado que morir sin haber vivido. He aprendido que en la etiqueta del amor jamás figua el precio. Y si amar es sufrir, Jose, antes que morir en silencio prefiero vivir llorando".
Lucía y yo fuimos a la misma escuela y allí compartimos libros, chuletas y algún que otro miedo. Su rostro era tan bello que los niños sólo nos atrevíamos a admirarlo a escondidas. Compartiendo asiento con ella aprendí lo fácil que es suspender un examen. Y en sus labios intuí, ahora lo sé, qué difícil resulta olvidar el primer beso.
En este momento la enfermera me recuerda que ya ha acabado el horario de visitas. Lucía mira su muñeca para comprobar la hora, pero lo único que encuentra es la cicatriz que la trajo aquí.
La enorme cicatriz donde late, coagulado, el paso del tiempo.





De Una brújula en el Paraíso.

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CAELUM.

Mi amiga y yo quedamos una vez al mes en el Barrio Gótico de Barcelona, siempre en el mismo sitio, con el mismo perfume, el mismo día y a la misma hora. El lugar es Caelum, el perfume es Van Cleef y el día y la hora los voy a obviar, por si su marido lee este artículo.
Caelum es una tienda en la que, además de degustar unos deliciosos dulces hechos por monjas, puedes bajar a saborear tu café al sótano, un espacio abovedado donde hace seis siglos se bañaban los judíos, y donde la suave música y aún más suave luz te permiten besar la mano de la persona que tienes delante, mientras le recuerdas, sin poder ver cómo se sonroja, lo mucho que la has añorado. Para los turistas, Caelum es una exquisita cafetería. Para nosotros, el lugar donde nos conocimos.
Nada más sentarnos, Clara me hace la misma pregunta:
- Por favor, recuérdame qué fue lo que aquel día te enamoró de mí.
- La suavidad con que pasabas las págimas del "Diario", de Jules Renard.
- ¿Y...?.
- Y la forma de acercar la taza de té a tus labios.
Aquel día, Clara era la única mujer que acercaba la taza a sus labios. El resto, lo hacía al revés. Son detalles que no pasan desapercibidos.
No para mí.
Hoy, en este sótano de piedra, la música sigue siendo tan exquisita como la repostería, y cuando empieza a sonar el "Miserere" de Allegri, tomo la mano derecha de Clara y la llevo a mi boca con la misma lentitud que ella acerca la taza a la suya. Hay bellezas tan espectaculares que pueden llegar a anular la personalidad de quien las posee, sí, pero, yo, prefiero la belleza discreta. Prefiero descubrirla, en vez de que me la impongan. Ahora me pregunto cuántas caricias hay reprimidas en sus manos, manos que observo con la curiosidad de un gemólogo y el cuidado de un lector de Braille. Su escalofriante suavidad, su luz, la dulce coreografía de esos dedos que se acarician a sí mismos...
Sin que ella se dé cuenta, sus dedos dibujan caprichosas formas en el aire, como el humo de un incienso oriental. Sus manos no necesitan de joyas, porque sabe, aunque jamás lo reconozca, que cada uno de sus dedos, así, desnudos, son ya una obra de arte, un trabajo de exquisita orfebrería. Y su majestuosidad es tan evidente, que no siempre estoy seguro de si debo besarlos o hacerles una reverencia.
Debido a la profesión de su marido, Clara siempre rodeada de antiguedades. Pero hoy estamos aquí para gozar de otro tipo de arte. El arte que respira. El arte por el que, según ella, toda mujer suspira:
- "Hay versos que pronuncian por sí solos, la sentencia de amor condenatoria. Hay besos que se dan con la mirada. Hay besos que se dan con la memoria. Hay besos silenciosos, besos nobles. Hay besos que se dan sólo las almas. Hay besos, por prohibidos, verdaderos..."
Le recito todo el poema de Gabriela Mistral de memoria, como se recitan los versos...
- Ésos que de tanto recitarlos, no son versos en mis labios, sino gritos en tu pecho.
Clara me recuerda que la autora de este conmovedor poema fue profesora de Pablo Neruda, y que fue ella quien le inició en el camino sin retorno que es la poesía. No puede citar las fechas exactas, pero me recuerda que muchos años después ambos conseguirían, sin que nadie se sorprendiera, el premio Nobel de Literatura.
Además, hoy le he traído las emotivas cartas que Gabriela le escribió a otro poeta, Manuel Magallanes: su gran amor. Gabriela anhelaba a Manuel con arrebatada pasión ("no sé si cuando nos veamos te besaré hasta fatigarme la boca, o si te miraré hasta morirme de amor") y lo amaba tanto como lo deseaba ("tuya, tuya, completamente, inmensamente tuya"). Pero temiendo decepcionarle en persona, jamás se atrevió a conocerle.
Hay quien siente pasión por los amores destructivos, como el de Wilde con Lord Alfred Douglas o el de Rimbaud con Verlaine. Pero Clara y yo preferimos los amores imposibles. Ahora la miro a los ojos, unos ojos que siempre he relacionado más con la botánica que con la oftalmología. Y beso de nuevo su mano.
- ¿Cuántas veces has besado mi mano hoy?.
- Espero hacerlo tantas como cartas de amor escribió Juliette Drouer a Victor Hugo.
Algún día le explicaré que la tal Juliette, según dicen, escribió casi dieciocho mil cartas de amor a Hugo. Pero hoy no es el momento. Ahora le doy la vuelta a su mano y observo sus relieves, como si estuviera observando la cara oculta de la Luna. Paso mi dedo por la línea de la vida, de la salud. Y cuando llego a la línea del amor, me detengo para compararla con la mía.
- ¿Vas a adivinarme el futuro?.
- Cuando estoy contigo, sólo soy capaz de leer el pasado. Porque tu recuerdo es tan intenso, que ha hecho nudos en la palma de mi mano.
Los ojos de Clara, generalmente oscurecidos por la nostalgia, se iluminan ahora de sinceridad. Y en el derecho, de repente, florece una lágrima. Ella hace el gesto de secársela, pero yo se lo impido. La belleza externa, decía Boecio, es tan efímera como una flor de primavera. Y pocas cosas tan efímeras, y a veces tan bellas, como ver, tan de cerca, el sudor del corazón. Las lágrimas de Clara no caen a chorro ni provocan dificultad respiratoria. Sus lágrimas florecen de una en una, lentas y silenciosas, como minúsculos tulipanes de sutil transparencia. Por razones que no voy a citar aquí, he visto a muchas mujeres llorar. Algunas, como diría el poeta, pueden esconder en sus ojos todo el sabor del Loira.
Otras, un océano de soledad.
Tras recitarle cuatro veces el poema "Besos", las lágrimas de Clara se descuelgan de sus ojos como notas de un pentagrama sin autor. Luego le leo las apasionadas cartas de amor que la poetisa le enviaba a su querido Manuel. Cuando termino, acerco su mano a mis labios y la belleza de sus uñas me hace sospechar si no serán lágrimas disecadas por la nostalgia.
- El poeta es un fingidor, decía Pessoa, y finge tan completamente, que hasta finge que es dolor, el dolor que en verdad siente.
Clara toma mi mano y la acerca a su cuello:
- Tenía razón José Martí: un grano de poesía basta para perfumar todo un siglo.
Y el perfume que ella y yo compartimos no sólo nos envuelve, sino que además nos arropa en una especie de nebulosa que nadie más puede ver. Compartir un perfume es compartir una atmósfera, gracias a la cual nuestros cuellos se acarician sin llegar a tocarse. Nuestra piel se funde y se confunde en este jardín invisible donde las flores se desmayan con la bendición de Darío.
Y ahora, llega el momento de despedirnos.
Celaya no mintió cuando dijo que la poesía es un arma cargada de futuro. Pero tampoco dijo toda la verdad. La poesía es un arma cargada de pasado, de mucho pasado. Y cuando los recuerdos están cargados de poesía, nunca sabes en qué verso la pólvora te puede estallar. Clara y yo nos preguntamos cuántos poemas, pudiendo ser sublimes, se han conformado con ser perfectos por ahogar su impulso lírico en las frías aguas de la métrica. En la poesía, como en la boca de una mujer, no hay que buscar la rima, sino el vértigo. Cuando Clara me abraza, suspira con todas sus fuerzas, como si quisiera llevarse con ella todo el oxígeno que corre por mis arterias.
- Busco el calor de tus palabras, como Julieta buscaba el veneno en los moribundos labios de Romeo.
Y caminando de espaldas, se va alejando poco a poco de mí. Tan poco a poco, que tarda más de un minuto en avanzar diez pasos. Me lanza un beso, se lo devuelvo. Le envío una sonrisa, me la devuelve...
Dobla la esquina de la Plaça del Pi y asoma de nuevo su larga melena. Vuelve a sonreír, vuelvo a saludar...
A veces me gustaría preguntarle si es feliz. Pero nunca me atrevo. Felicidad es una palabra sin acento, y el secreto de la felicidad, como el de la poesía, consiste en saber dónde y cuándo ponerlo. En el momento en que Clara desaparece entre la multitud, me pongo la bufanda y su perfume asciende por mi cuello como una súbita hiedra. Faulkner decía que entre la pena y la nada, prefería la pena. Clara y yo preferimos Caelum.
Aunque ella no sepa que en latín significa: "el cielo en la tierra".





De "Los artículos de José Escuder".

-Todos los derechos reservados-

martes, 31 de mayo de 2011

PALABRA DE POETA.



Hoy me he propuesto escribir un artículo sin hablar de Mery y lo voy a conseguir.
No voy a hablar de la elegancia de sus manos, ni de la suavidad de sus dedos, esa suavidad casi etérea que tiene los mismos efectos que las aguas termales y que provoca un efecto sedante en mi piel.
No, no voy a hablar de ello.
Tampoco voy a hablar de su forma de andar. Porque Mery no anda: Mery se desliza por al asfalto de Madrid como si fuera una pista de hielo imaginaria. Sus piernas de Pavlova giran a mi alrededor, dando vueltas y vueltas, con la elegante ingenuidad de una Cenicienta descalza. Y al contrario que en el cuento de Perrault, su hechizo no desaparece a medianoche. Cuando llega esa hora, su capacidad de fascinación se multiplica en intensidad.
Pero he dicho que no iba a hablar de ella y lo voy a cumplir.
No voy a hablar de cómo sus pies me recuerdan a aquel cuento de Andersen, donde relata la historia de una niña a la que le regalan unas zapatillas rojas, sin advertirle de que una vez que se las ponga, ya no podrá dejar de bailar. Tampoco voy a decir que es así, precisamente, como alcanzan el éxtasis los derviches giróvagos: dando vueltas sobre sí mismos, con los brazos extendidos, danzando sin parar. Los círculos que forman a su alrededor me recuerdan a los ojos de Mery, que giran cuando te miran, expandiéndose como las ondas que aparecen de golpe en un estanque. El misterio de las ondas de agua ya lo usaron los egipcios como símbolo en sus jeroglíficos. La diferencia es que el misterio de mi Musa no se puede descifrar. Ante sus ojos, lo único que uno puede hacer es sentir lo que sentía Pascal cuando observaba el cielo: ese “estremecimiento metafísico”, "esa angustia ante el silencio eterno de los espacios infinitos”.
Podría repetir que todo en Mery es ondulación, pero me he prometido a mí mismo que no voy a hablar de ella y lo voy a cumplir.
Teniendo en cuenta que cualquier onda es una perturbación que se desplaza o propaga de un punto a otro, también podría decir, mientras escribo este artículo que no está dedicado a ella, que todo en Mery es perturbación. Podría decir que en los movimientos ondulatorios hay dos procesos: la dispersión y la absorción, y que ella dispersa su belleza con la misma fuerza que absorbe mi atención y anula mi voluntad. Aunque esto último no me preocupa. Según los místicos, renunciar a la propia voluntad es requisito indispensable para una correcta oración. Y por la noche, cuando me pongo a orar, Mery se aparece ante mí como las vírgenes se aparecían ante los suplicantes ojos de Zurbarán.
Qué fácil es dejar de ser ateo cuando uno es capaz de levitar, pienso, cuando miro su foto, cualquiera de esas fotos que pierdo deliberadamente por todos los rincones de mi casa para toparme con ellas en el momento más inesperado. Y cuanto más la miro, más convencido estoy de que la poesía es, ante todo, devoción. Pero arrodillarse, aquí, no es el secreto. Al contrario: el secreto es ascender. Nadie aprende a levitar dando saltos. Cuando cierro los ojos, el rostro de Mery anuncia el milagro epifánico y asciendo al Paraíso como Dante, así: encadenando milagros. Y a partir de ese momento, su presencia me galatiza.
Yo no vivo ya: es ella la que vive en mí”.
Al igual que Miguel Ángel no sabía dónde acababa la pintura y dónde empezaba la arquitectura, con Mery es imposible saber dónde empieza lo divino y dónde acaba lo humano. Lo único que sé es que cuando la idolatría se convierte arte, deja de ser pecado. Víctor Hugo aconsejaba poner todo nuestro dinero encima de una mesa y mirarlo detenidamente para saber quién sirve a quién: quién de lo dos, observador u observado, es el verdadero dueño. Yo no necesito contemplar una foto de Mery para reconocer que de su belleza soy esclavo.
Pero hoy me he prometido a mí mismo no hablar de ella y lo voy a cumplir.
No voy a hablar de sus ojos, que observo como el lama tibetano observa un mandala. Los mandalas son los espejos donde la intuición se observa a sí misma. Y al contrario de los que usamos a diario: en vez de reflejar nuestro rostro, nos invitan a olvidarnos de él. Los ojos de Mery son como dos mandalas giratorios que atrapan mi mirada, haciéndome caer en trance. Sé que para conseguir levitar no hay que entrenar el cuerpo. Al contrario: hay que olvidarse de él. Y los ojos de Mery, al igual que el Paraíso de Dante, se componen de círculos concéntricos que giran sin cesar, saturnizando todos y cada uno de mis sueños. Qué casualidad que el Paraíso de Dante tuviera tantos círculos como Musas la antigua Grecia.
Yo observo los ojos de mi Musa como los dendrocronólogos observan el interior de los árboles, buscando el tiempo en sus anillos. Hasta en las fotos en blanco y negro, sus pupilas brillan como sortijas. Y aunque se engarcen en su rostro como piezas de alta joyería, los kilates de sus ojos no se pueden valorar, porque no tienen medida.
Cuántos meteoritos han debido caer sobre la Tierra para que ella pudiera nacer con unos ojos así. Los ojos de mi Musa brillan como chimeneas volcánicas y cuando escribo sobre ellos me doy cuenta de que las gemas más preciosas no están en las minas. Porque las joyas preciosas se pueden pulir, pero ésas no son las más preciadas. Las más valoradas, por ser las menos frecuentes, son las que nos pulen a nosotros. He aquí la función de la Musa: pulir nuestros versos con la misma fuerza que un diamante corta un cristal. El soplo de su inspiración es tan delicado como el canto de una sibila y sus ojos pulen y tallan mi prosa con el mismo amor que Miguel Ángel esculpía su Piedad. Gracias a ellos he descubierto que para tocar el cielo no es necesario ponerse de puntillas. Gracias a ellos, sé que la apeirofobia se puede curar.
La apeirofobia es el temor al infinito, a la inmensidad. Y acercarse a los ojos de Mery es como asomarse al vacío, ese estado de ánimo donde las posibilidades abundan como estrellas y no se sabe dónde acaba la religión y cuándo empieza, por fin, la eternidad. Se dice que a simple vista, en una noche clara y sin Luna, podríamos ver hasta dos mil estrellas. Lo que no sabemos es cuántos cielos pueden verse en unos mismos ojos, esos ojos a los que ahora me asomo, para sentir el vértigo de lo inmortal.
Pero hoy me he propuesto no hablar de Mery y lo voy a cumplir.
No voy a hablar de sus pestañas, que tintinean y se agitan como las alas de Campanilla, dejando un rastro de purpurina en mis ojos. No voy a hablar del polvo de hadas que esparce cuando parpadea, como si estuviera plantando semillas de belleza a su alrededor. Cuando paseamos del brazo y se detiene para señalarme un monumento o un edificio interesante, ella advierte que estoy más pendiente de su mano que del monumento. Lo sé, lo sé. Un dicho zen advierte que sólo los tontos confunden la Luna con el dedo que la señala, pero yo soy incapaz de admirar dos obras de arte a la vez. Mery tiene manos de prestidigitadora, y por la forma tan sutil de mover sus dedos, siempre parece que está a punto de hacerme un truco de magia. Pero la magia de sus manos no consiste en lograr que desaparezcan cosas en su interior. Al contrario. Cuando observo la expresividad de sus movimientos, es el mundo el que desaparece a mi lado. Desaparece para renacer de nuevo. Pues aquí reside, realmente, su verdadero poder: lograr que aparezcan ante mis ojos cosas que antes no existían, o que yo, ignorante, no conseguía ver.
Por ejemplo, cuando vamos paseando y siento el calor de sus dedos junto a los míos, las farolas se iluminan de golpe y la primavera se sonroja, sorprendida, al mirarse en el asfalto.  
- El mérito está en tus ojos –, se ríe.
Pero yo sé que es la magia de sus manos. Esa magia que hace suspirar a los maniquíes, cuando se detiene frente a un escaparate.
- Qué exagerado eres –,vuelve a reír.
Aunque yo no miento ni exagero cuando afirmo que su belleza desafía las leyes de la física. Además, ésta no es incompatible con la magia. Para Einstein, el más bello sentimiento que uno puede experimentar es sentir el misterio. “Aquél que no posee el don de maravillarse, de encantarse –afirmaba- más le valdría estar muerto”.
Pero la magia de Mery no tiene truco. Mientras el ilusionista hace posible lo inexplicable, Mery cotidianiza lo maravilloso. Sus manos son el estanque donde abrevan todos los poetas sedientos de esa agua que no calma la sed por ser agua, sino por ser espejo del Sol. En ellas bebo como un cervatillo herido por los disparos de su ausencia, porque ellas son el oráculo donde la esperanza se revela como una exquisita flor de lis, anunciando que todo es posible a su lado. En la alquimia, la flor de lis simboliza la luz, la perfección, el esplendor, la pureza, la inocencia, la gloria… Podría seguir hablando de sus manos, sí.
Pero hoy me he hecho a mí mismo la promesa de no hablar de Mery y la voy a cumplir.


De Los artículos de José Escuder.
(Todos los derechos reservados) 

martes, 5 de abril de 2011

EL TOBOGÁN DE LA MEMORIA.


"La fragancia de un perfume consta de tres notas: alta, media y baja. La alta es la fragancia que se evapora más rápido. La media surge cuando la alta desaparece y se dice que es el corazón del perfume. Tiene una duración de cuatro horas y posee las fragancias más importantes. La nota baja está compuesta por las menos volátiles. Su misión es fijar el perfume y darle un aroma más globalizante. Antes de comprar un nuevo perfume conviene esperar alrededor de una hora para conocer las notas bajas y comprobar si son de nuestro gusto. A la hora de probarlo, no se debe frotar contra la piel, pues al acelerar la evolución natural de las notas distorsiona la fragancia verdadera".

La dependienta me está explicando algo que ya sé, porque cree que estoy buscando mi perfume ideal.

- ¿Te lo envuelvo para regalo?.

- No hace falta, gracias.

- ¿Deseas algo más?.

- Sí, tu número de teléfono.

Al marcar las teclas de la caja se equivoca, lo que demuestra que no esperaba una contestación semejante. Pero yo tampoco pensaba dársela. Por eso nos hemos puesto colorados los dos. Y al final no me ha dado su número de teléfono. Mejor así. Pues en caso contrario, más tarde o más temprano hubiera tenido que confesarle la verdad: que la atracción que he sentido por ella ha sido porque su perfume me ha recordado al de otra mujer.

Al de Mery, para más señas.

Y no es porque se pareciera físicamente a ella. Ahora que lo pienso, no se parecía en nada. Tampoco es porque la chica fuera guapa, que lo era. Es porque no existe una mujer que pueda parecerse a mi Musa, por más bella que sea. Su rostro, su mirada, sus gestos, su voz... Su risa... Todo es exclusivo. Por eso he notado esa irresistible atracción. Porque ha sido la primera vez que otra mujer me ha recordado a ella.

Empezando por su cuello, ese cuello de bailarina clásica que surge cada noche en el lago de mi memoria, donde los cisnes de Tchaikovsky nunca dejan de cantar. Ese cuello donde el perfume asciende como una hiedra invisible, sin tropezar con cadenas ni joyas. Ese cuello que ha sido esculpido por la Naturaleza, con la misma delicadeza que Rodin esculpió su Catedral.

Ahora que tengo en mis manos una foto de su cuello, pienso en la creencia de algunas tribus aborígenes, cuyos miembros reaccionan con violencia si alguien les dispara con una cámara, pues están convencidos de que una simple fotografía les puede robar el alma. Quizá alguien debería explicarles que más peligroso aún que el poder de una foto, es el poder de una fragancia.

La mujer que se perfuma se viste dos veces, y si una fragancia puede modificar nuestro comportamiento es debido a que cuando llega a nuestro cerebro, la primera zona de éste que lo percibe es el sistema límbico, también llamado cerebro emocional, que es el encargado de procesar nuestras reacciones afectivas. Si fuera al revés, si la información de las sustancias volátiles llegara primero al córtex, la zona donde razonamos nuestras emociones, entonces podríamos decidir el efecto de ese perfume. Pero no es así. Por eso, cuando uno quiere reaccionar ante el evocador poder de una fragancia, ya es demasiado tarde. Uno puede reaccionar ante lo que ve, pero no ante lo que huele. Y aquí, precisamente, reside el poder de un perfume. ¿Cómo es posible que éste pueda ser recordado durante años, incluso durante décadas, si una neurona olfativa no vive más de sesenta días?. Pues gracias a los axones que conectan unas con otras. Éstos son los verdaderos túneles del tiempo.

El ser humano recuerda el 5% de lo que ve, el 2% de lo que oye y el 1% de lo que toca. Pero recuerda el 35% de lo que huele. Lo que vemos, se puede tocar. Lo que tocamos, se puede guardar. Pero lo que oímos u olemos sólo se puede recordar.

Y aprender, según Sócrates, no es otra cosa que recordar.

El pasado que no vuelve es un presente enfermo y la técnica socrática de la reminiscencia tiene la misma finalidad que cualquier perfume: hacer consciente lo inconsciente. Y al igual que el maestro de Platón, el perfume, más que ofrecer respuestas, lo que hace es plantear preguntas. Hay perfumes que nos llegan así, de golpe, como una postal, una postal que no necesita fecha ni remitente. Hay otros que no sólo nos ayudan a retroceder a una época o a un momento determinados, sino que hacen algo más importante: nos demuestran que, en realidad, nunca nos hemos movido de allí. Fragancias que aparecen de forma súbita en nuestra memoria, recordándonos el pasado como un reloj de cuco nos recuerda las horas que lleva en su estómago. Pero el reloj de la memoria no funciona con pilas ni con cuerda: funciona por impulsos. No marca las horas, sino los momentos. Y cuando una fragancia pone en marcha este reloj, más que envolver nuestros sentidos, lo que hace es colisionar con ellos. Por eso, a veces, después del impacto tardamos en reaccionar.

La esencia de una fragancia se puede guardar en un frasco, pero el hechizo de una piel no se puede atrapar. El olfato es el más libre de todos los sentidos.

Y el más sincero, quizá.

En nuestra memoria las imágenes se deforman, los colores se diluyen, los besos se deshojan... Pero los aromas son los únicos que sobreviven. Gracias a ellos nos damos cuenta de que nunca seremos del todo adultos ni que jamás fuimos del todo niños. Cuando miramos al cielo, casi siempre pensamos en la libertad. Pero no es sólo libertad la libertad de movimiento. Hay otra libertad, tan importante o más: la libertad de pensamiento. La que aparte de viajar por el mundo, nos permite elegir el rumbo. El destino no se debe aceptar: se debe crear. Hay quien pisa la esperanza como Machado pisaba su camino: creando su propio destino. Pero sobre la esperanza, ciertamente, no se debe saltar. Pues pisar, conviene aclararlo, no es lo mismo que pisotear. Al andar se hace camino, y a veces, para dar un salto, no queda más remedio que coger impulso hacia atrás. Hay fragancias que nos recuerdan que el pasado es más real que el presente. Porque el amor no se evapora. El amor, como la materia, en vez de destruirse, se transforma. Y son esas fragancias las encargadas de recordar que el amor, por lo general, es la asignatura que nos queda para septiembre. En definitiva: recordad para aprobar.

Y el que no se deja llevar, suspende.

El túnel del tiempo no empieza en la imaginación de los físicos ni en las ecuaciones de los matemáticos. El túnel del tiempo comienza en la punta de la nariz. Pero viajar hacia atrás no significa renunciar al futuro. Al contrario. Hay que rescatar lo vivido para poder salvar del olvido lo que queda por vivir. Recordar para aprender, como recordaba Cyrano a través de su tabique nasal.

Lo seres humanos, al igual que los monos, tenemos una pequeña cantidad de magnetita en la parte superior de la nariz. Concretamente, en el hueso etmoides, situado en medio de los ojos. Algunos dicen que podría ser un antiguo mecanismo de orientación con respecto al campo magnético de la Tierra. Orientarse para caminar es, pues, tan importante como orientarse para recordar. Y no se puede recordar adecuadamente si antes no se ha aprendido a respirar.

No hay coordenadas para moverse en el tiempo. Sólo hay un mapa: la falta de miedo. El miedo al futuro no existe. Nadie se asusta de que llegue. Lo que se teme es que vuelva el pasado. Pues viajar hacia atrás es fácil. Lo difícil, a veces, es regresar. El pasado no puede volver. No puede hacerlo, porque nunca se ha ido. Y si debemos recordar para poder aprender, es porque aprender significa eso: dejar de temer. Quien busca el conocimiento, busca la libertad. Y no se puede ser libre cuando se huye del pasado. Los recuerdos viajan a la velocidad de la luz y nadie puede estornudar con los ojos abiertos.

La nariz, sí, es el tobogán de la memoria. Y aquí no hay barandillas donde poderse agarrar. Tampoco es posible saber si uno está bajando o subiendo. Para saber hacia dónde se va, es necesario saber de dónde se viene. Y este tobogán está preparado para que nos deslicemos rápidamente. No se nos permite detenernos. Sólo se nos permite viajar.

En las fotos, mi Musa exhibe una nariz impertinentemente aristocrática. Sin complejos. Como debe ser. Los árboles pueden mudar de hojas, pero no pueden -ay- esconder sus ramas. Y la belleza siempre resulta impertienente a los ojos de quien no la posee. Al fin y al cabo, bello es lo que te dice muchas cosas.

Y sublime lo que te deja sin palabras.




(De Los artículos de José Escuder)

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lunes, 7 de febrero de 2011

TIME TO SAY GOODBAY





Mi Musa ha venido a Bercelona en un viaje relámpago. "¿Sólo dos días?", le pregunto. "Dos días pueden dar mucho de sí", me responde, con su sonrisa de Campanilla. Le advierto que en dos días no vamos a tner tiempo de visitar muchos sitios, pero ella soluciona el problema diciéndome al oído: "Enséñame tu mundo".

Estoy a punto de confesarle que mi mundo es ella, pero me callo. Por eso, en esta tarde de San Esteban decido llevarla al Barrio Gótico. Éste era mi mundo antes de conocerla. En estas calles he jugado al escondite con pantalón corto, he descubierto el amor con pantalón un poco más largo y he escrito poemas totalmente desnudo. En estas calles me he mirado en las piedras como quien se mira en el espejo y he desplegado pancartas que sólo las palomas podían leer. En estas calles he deambulado dormido y he soñado despierto, he consultado la Ouija sin derramar una gota de vino y he descubierto que no hay que huir del silencio, pues cualquier racha de viento puede llevar escondido el cabello de una mujer.

En estas calles he aprendido a leer con los ojos cerrados y a escuchar con los brazos abiertos, he visto volar folios en blanco como si fueran hojas de otoño y he masticado copos de nieve dulces como tu piel.


"Este ha sido mi mundo", le digo a mi Musa. Aquí he reído y he orado. Aquí he jugado al escondite con todos los dioses a los que la gente suele rezar para pedir, en vez de rogar para cambiar. Pues todos los que hemos nacido aquí sabemos que bajo nuestros pies se esconde un cementerio de promesas solubles en el fango. No hay que orar para pedir, hay que hacerlo para agradecer. Y mi Musa me ha demostrado que lo mejor de la vida, lo más deseado, no llega un minuto antes, pero tampoco un minuto después. Las mujeres, como las flores, tienen sus estaciones, y no aparecen cuando más las desea, sino cuando está en condiciones de saberlas apreciar.

Temía que esta tarde pudiera llover, pero gracias a la llegada de mi Musa las nubes se han congelado en el cielo, dejando una sombra de cicatrices plateadas donde la esperanza se acurruca a sí misma en su lento atardecer. Cuánta belleza a mi alrededor y qué afortunado me siento. Al llegar a la Catedral nos topamos con un tenor callejero que prepara su próxima interpretación. Estoy a punto de decirle si puede complacerme con una petición, pero opto por dejar mi capricho en manos del azar. Y al oír las primeras nota de Time to say goodbay, recuerdo la creencia budista, esa que dice que lo que nosotros llamamos casualidad no es más que karma en acción. Cuando el tenor despliega sus cuerdas vocales como las plumas de un pavo real, mi Musa me abraza para quitarme el frío. Pero no es el invierno lo que me hace temblar. Mi Musa me abraza para protegerme del frío sin saber que es su belleza -ay- la que me hace tiritar. Con su ternura, con su infinita ternura, me abraza como se abraza a ese cachorro asustado cuyos gemidos acabas de descubrir en una caja de cartón. Con su dulzura, con su infinita dulzura, me demuestra que todo poeta es un cachorro en brazos de su Musa. Siempre que hablamos de un derrame, pensamos, por lo general, en la sangre. Pero el derrame que yo siento ahora por mis venas no tiene el color de la hemoglobina, sino el color de la tarde. El tenor sigue cantando y bajo este cielo agónico me derramo en los brazos de mi Musa, sintiendo sus ojos, sus manos, su amor. Cuando termina la canción le aplaudimos como si la hubiera interpetado sólo para nosotros. Luego nos alejamos, en silencio. Y ese silencio nos demuestra que ahora no somos dos, sino tres, los que vamos paseando por estas callejuelas: mi Musa, la canción y yo. Qué silencio más cómplice. La melodía se desliza detrás de ella como el velo tras la novia y la perfección de sus caderas me recuerda que todas las partituras para violín se escriben en clave de Sol.

-Tengo un problema -le susurro al oído-. He cambiado la graduación de mis gafas y ahora te veo doblemente hermosa.

Se lo he dicho muchas veces: la inconsciencia de su belleza le hace doblemente bella, deliciosamente linda, inocentemente sincera. La inconsciencia de su belleza me obliga a buscar, a elegir o a atrapar todos esos adjetivos que los espejos de su casa, según dice, le niegan.

- Deberías estar agradecido a mis espejos. Gracias a ellos te has convertido en poeta.

Mi Musa pasea su elegancia victoriana por los alrededores de la Catedral y lo hace con unos tejanos que avalan, definen y ensalzan la vertiginosa infinitud de sus piernas. Hay velos que gracias a su liviandad se mueven eternamente en el aire, sin tocar jamás el suelo. Así levita mi pecho a su alrededor, cuando estoy con ella. La belleza de mi Musa sigue intacta hasta cuando se levanta por la mañana, porque mientras ella duerme, su hermosura se renueva. La belleza no duerme ni descansa. La clave de Sol nunca deja de brillar, ni de sonar. Porque mientras el compositor sueña su música, la partitura sigue bailando despierta.

Y ahora la voz del tenor nos persigue por estas calles laberínticas donde las farolas suspiran y la Luna, sigilosa, nos acecha.

Hacemos parada obligada en el Café de la Ópera y después de cenar le pregunto qué le apetece:

- Un whisky en una buena sala de jazz.

Ella bebe poco, pero bebe por los dos, pues yo no bebo ni para brindar en mi cumpleaños. Además, mezclar sustancias estupefacientes es malo para el cuerpo y con el narcótico poder de su mirada ya tengo suficiente. Mi Musa y yo compartimos el cigarrillo, yo se lo enciendo a ella o ella me lo enciende a mí y eso nos permite fumar en la misma boquilla, que es una forma de dibujar besos de humo en el aire, besos castos como las nubes de un botafumeiro. Cuando ella expulsa el humo, éste ya no huele a tabaco, sino a incienso. Mi Musa confiesa que no fuma, que sólo lo hace cuando está conmigo. Yo sí fumo cuando no estoy con ella, pero sólo con ella, sólo cuando miro sus labios, soy capaz de levitar como si fuera humo.

Descendemos las escaleras del Bel Luna y el hecho de que sea una sala de jazz subterránea ya le da un aire neoyorkino, una clandestinidad cómplice que despierta esos cinco sentidos que ella suele colapsarme con su belleza. Y cuando nos sentamos se lo digo. Le digo lo importante que es para mí, le confieso lo mucho que significa aunque me resulte imposible hallar significado para confesarle, sin balbucear, lo que intento decir.

- Tengo mucho mérito -le digo-. Mucho mérito por no desmayarme al tener tus ojos tan cerca.

Su mirada me deja sin palabras y sus ojos desaparecen en los míos como el hielo desaparece en el vaso. Luego acaricio sus dedos suavemente, con una delicadeza que le hace sentir cosquillas.

- Eres lo mejor que me ha pasado en todo este año que acaba -le digo.

Y lo mejor que me ha pasado en toda mi vida, pienso. Pero me callo. Hay personas junto a las cuales la vida sigue. Pero hay otras, las menos, junto a las cuales la vida, más que seguir, comienza. Esas que aparecen una vez cada cuarenta años.

Me gustaría recitarle a Neruda, pero no puedo. Recitarle poesía a la Poesía es como rociar con perfume a una flor. Prefiero esconder su mano entre las mías y acariciar sus ojos con mis ojos, suavemente, con la ingenuidad de quien pretende detener el tiempo. En ese momento siento que la oscuridad del local, en vez de camuflarme, me delata.

- Tengo mucho mérito por no secuestrarte ahora mismo y llevarte conmigo.

- ¿Adónde me llevarías?.

- Allí donde el tiempo no se mide por horas, sino por momentos.






Ya han pasado los dos días. Mi Musa vuelve a Madrid y ahora vamos camino del aeropuerto. Cuando estamos a punto de llegar le pongo Time to say goodbay, interpretada por Sara Brightman y Andrea Bocelli. Voy a hacer que el dolor sea más doloroso, si cabe. Ella sabe por qué. Mis cólicos no son nefríticos, sino cardiacos, pues mis piedras no están en el riñón, sino en el corazón.

- Dime una frase bonita -me pide, tras darle el último abrazo.

- Cuando una persona se despide de ti -le digo-, hay dos razones por las que puedes llorar: porque te ha abandonado, o porque te ha hecho muy feliz.

Y al sentir cómo su mano de despega de la mía compruebo que se necesita haber apagado muchas velas para saber que los mejores regalos no se reciben, precisamente, el día de nuestro aniversario. En ocasiones, el destino tarda toda una vida en venir, pero sólo un segundo en llegar. Y lo mejor de la vida no viene cuando nos da lo que le pedimos, sino cuando nos regala lo que no esperamos.













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