viernes, 15 de octubre de 2010

CON LAS MANOS EN LA MUSA.



Yo siempre había pensado que los amigos no mienten, pero estaba equivocado. Los amigos mienten. Lo hacen pocas veces pero, cuando ocurre, las consecuencias pueden ser desastrosas.
Y contra todo pronóstico, mi amigo Alfonso me mintió.
El día antes de presentarme a su hermana me juró que era bellísima, simpatiquísima, inteligentísima, elegantísima, cultivadísima y me aseguró que a los diez minutos de conocerla, yo caería rendido a sus pies. Pero me mintió.
Y lo hizo a traición.
Porque dos minutos fueron suficientes para que yo cayera fulminado ante ella. Dos minutos bastaron para que esa belleza, esa simpatía, esa inteligencia, esa elegancia y esa refinada cultura me recordaran que el infarto de miocardio es una de las primeras causa de mortalidad en nuestro país. Levantarse de la silla cuando te presentan a una señorita es una costumbre que sólo ignoran los patanes, pero ningún manual de urbanidad te aconseja qué debes hacer si por culpa de esa señorita tus piernas se ponen a temblar al levantarte. El viento es capaz de arrancar un árbol, pero la belleza de Mery, la suave brisa de su belleza, hizo temblar mis piernas como tiembla un abeto ante la llegada de la Navidad.
Alfonso, mi querido Alfonso, me había llevado engañado a la cena. Porque se quedó corto, demasiado corto para los cuidados que necesita mi salud cardiovascular. Los superlativos son útiles para la cantidad, a veces para la calidad, pero en ningún caso para la cualidad. A las personas que padecen del corazón, los disgustos hay que dárselos poco a poco, y yo, que no padezco del corazón pero el corazón sí padece de mí, necesito acercarme a la belleza lentamente, en vez de que la belleza se estrelle como una ola contra mis ojos.
Cuando uno va al Museo del Prado, sabe lo que va a ver. Cuando va al Museo de Arte Contemporáneo, sabe lo que no va a ver. Pero cuando está cenando tranquilamente en una terraza y se topa de golpe con todo el Renacimiento en un cuerpo de mujer, es lógico que se quede clavado en la silla, que se le caigan los cubiertos de las manos y que su corazón, su delicado corazón, empiece a galopar como un caballo rojo al amanecer. Decía Ortega y Gasset que la belleza que atrae raras veces enamora, pero nada dijo de esa belleza, como la de Mery, que cuando la ves por primera vez te obliga a respirar dentro de una bolsa para controlar las respiraciones de ese aliento que jamás volverás a recuperar.
Ha pasado justo un mes desde aquella noche y ahora vuelvo a Madrid invitado a una cena por un amigo poeta, que con su lirismo wagneriano me hace dudar de si es más amigo que poeta o más poeta que amigo.
¿Y por qué tengo que elegir?, me pregunto.
Aunque yo no crea en las casualidades, la casualidad hace que esta noche Mery forme parte de los casi treinta invitados. Mas esta noche sus encantos no me van a pillar desprevenido. Decido llevarme las gafas de sol, aunque sólo sea para evitar el impacto de tanta belleza durante los primeros cinco minutos. Pero de nada me sirve, pues cuando le abro la puerta del coche y veo sus piernas, el asfalto que sostiene mis pies comienza a resbalar como si fuera una pista de hielo. Sus piernas, más que largas, son infinitas. Y después de besar sus mejillas me pregunto dónde acaba lo infinito y cuándo empieza lo eterno. Los artistas del Renacimiento se obsesionaban por imitar a la Naturaleza, pero esta noche, otra más, es la Naturaleza la que decide imitar a Mery. Llegamos al restaurante y nada más ocupar la mesa compruebo que su cualidad natural es la de seducir sin saber que está seduciendo, la de cautivar sin saber que está cautivando, la de conmover sin saber que está conmoviendo.
Está claro. Con una mujer como Mery no hay plan B: o te enamoras o te enamoras.
Como soy un nostálgico, aún no nos han traído el primer plato y ya estoy temiendo el momento de la despedida. Me gustaría detener el tiempo, como la belleza se ha detenido en la bondad de sus manos, en la infinitud de sus dedos. Cuando gesticula, sus dedos florecen en el espacio como plumas de un pavo real. Sus manos están hechas para bendecir, más que para rezar. Y mis ojos, sin saberlo, imitan la dulzura de su movimientos, lentos como un adagio, frágiles como un silencio.
Es costumbre que un hombre pida la mano de una señorita antes de casarse con ella, pero yo me casaría con Mery sólo por sus manos. Por esos dedos leves como un susurro, esbeltos como su cuello. En vez de anillo le regalaría el símbolo del Infinito, que es una doble alianza: la de sus manos en mi boca, la de mi nariz en sus cabellos. Para otros, el símbolo del Infinito tiene forma de lazo. Y como cada gesto suyo es un regalo, yo le pondría uno rojo en todos y cada uno de sus dedos.
Sus dedos, diez hijos predilectos para sus maternales manos, se mueven ante mis ojos con la suavidad de una góndola y poco a poco me doy cuenta de que no terminan donde acaban sus uñas, sino donde empiezan mis sueños.
Cada dedo es una sortija en sí mismo y cuanto más los observo, más necesito acariciarlos.
Pero sé -ay- que no debo.
Mi retina se desprende ante la majestuosidad de sus manos y de poco me sirven las gafas oscuras con una belleza como ésta. Sus manos son como el Sol, que aunque cierres los ojos, sigues sintiendo su luz por dentro. La luz de sus dedos me ciega y ya no sé dónde acaba la experiencia estética y cuándo empieza la experiencia extática. Si El Greco hubiera visto sus manos, habría pintado más lunas en vez de pintar tantos cielos.
Al acabar los postres me pide que le encienda un cigarrillo y cuando se lo acerco a sus labios los latidos se oyen en mi pecho como si alguien golpeara una puerta. "El amor -decía Tolouse-Lautrec- es cuando el deseo de ser deseado te invade de tal manera que crees que te mueres". Y yo, aunque no se lo digo, noto que me estoy muriendo. Me muero ante el vértigo de sus ojos, que no sé si son precipicio o firmamento. Me muero ante la suavidad de esa piel que conozco porque la imagino y recuerdo cuando me despierto.
Si he de morir, que sea de amor. Morir de amor es la muerte más dulce y sobrecogerse ante las manos de Mery, el suicidio más lento. La fascinación se derrama por mis labios como la cera de una vela y sólo tengo una certeza: me muero, me muero, me muero...
Cómo pedir la extremaunción, si su manos son mi sacramento.
El amor por la muerte no es lo mismo que la muerte por amor y el primero sólo lo siente quien nunca ha amado. La muerte del trovador no es la muerte del capitán. Y quien muere por amor no deja de luchar: lucha porque, en vez de llorar, quiere morir amando.
Cuando desfallezco ante las manos de Mery, compruebo que amar no significa luchar. Amar significa idolatrar hasta quedar por fin exhausto.
Amar sin delegar, amar sin abdicar, amar así: sin descanso. Ya descansaremos al final, cuando el silbido de la caracola se lo lleve una gaviota mar adentro.
En sus manos estoy, al suspirar por sus manos.
Esclavo de ellas soy, como la corona al soberano.
Morir de amor no es huir del dolor. Morir de amor es vivir con la muerte bajo el brazo. Quien ama, no muere en realidad. Pues sólo fallece de verdad quien por nadie es recordado.
Cada dedo de Mery en un verso, cada uña una elegía y cada mano un milagro. Elegantes como flehas y certeros como dardos, sus dedos apuntan al Paraíso como el bisturí del cardiólogo, lento y preciso, apunta al desgarro.
El amor que no muere no renace. El amor que no grita no llama.
El amor mata tanto como cura y dura tanto como canta. El principio del amor, sí, es un principio homeopático. No hay escaleras al cielo: el cielo es un estado de ánimo.
Y el baile de sus dedos es la esencia de la danza: amar por amar, bailar por bailar, desmayarse y levitar...
Amar contra toda esperanza.
La razón no me asiste, lo sé, caundo hablo de sus manos. Es la pasión la que insiste, es mi pecho el que resiste y su belleza la que embiste con la fuerza de un tornado.
Pido una misa por este amor. Exijo un altar para sus manos.
Que nadie juzgue esta obsesión. No soy un loco de atar.
Sólo soy un trovador exaltado.
(Mi amigo Alfonso me engañó, pero Mery tampoco dice la verdad al asegurar que jamás ha oído unos halagos como los que salen de mis labios. El único que no miente soy yo, cuando le susurro al oído que no son halagos, sino declaraciones de amor).








De Los artículos de José Escuder.


-Todos los derechos reservados-

11 comentarios:

  1. Mi estimado amigo, juro decir solamente la verdad. Tu escrito me ha impactado, me ha fascinado, me dejó tan satisfecha que si de algo me siento orgullosa, es de que me hayas etiquetado y estés en mi lista de amigos literarios.Me siento honrada.
    ¡Que maravilla de texto! donde la reflexión crítica y la emocional encuentran repercusión en el lector.Tu estilo es despojado y certero, limpio, sin rebuscamientos que aspira a reflejar el acto del impacto/ flechazo, con un acento tan agradable y hospitalario que lleva a querer compartirlo con quienes han de saborear tus exquisitos vocablos.
    Desde Argentina, un gran abrazo y mis felicitaciones.
    Mónica.

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  2. José,

    No tengo palabras para decir que tu artículo es muy bello, te felicito y sobre todo si es tu historia de amor me conmueve.
    Un abrazo fuerte!!!!

    Jaime Fdez. de Henestrosa

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  3. La totalidad de la vida es sensibilidad!!Gracias mi querido Jose,por despertar con tus escritos,la mia!!!Sonrisas,abrazos y mis dos manos para aplaudirte!!!
    Josefina Forneiro

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  4. Hermosisimo mi dulce jose mil gracias por compartirlo felicitaciones van mil besitossssssssss para ti...

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  5. !!!Gracias Jose!!! usted hace que las mujeres creamos en el verdadero Amor,muchas Bendiciones, Chile

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  6. Hago mías las palabras de mi compatriota Mónica. Es un placer leer esta historia contada con tan exquisito humor. ¿Quién no se ha sentido así alguna vez?. Afortunados los que podemos sentir el temblor en las piernas y las mariposas en el estómago. Un abrazo desde Argentina.

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  7. Josep dice,
    La más sublime fascinación...

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  8. Querido José,
    Hermosa dedicatoria. Felicidades. Creeme si te digo que Mery y Alfonso no mienten. Tan solo son dos buenos Amigos (con a mayúscula) a los que los avatares de la vida los han forjado en la prudencia y la discreción. Son pues un tesoro siempre por descubrir.
    Un fuerte abrazo.

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  9. Precioso, José. Como siempre que hablas del amor, las palabras caen rendidas a tus pies. Un beso.

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  10. Descrius amb molta precisió els simptomes
    del Síndrome de Stendhal. Ummmmm... quan
    la bellesa et supera.....quin èxtasis.
    Una abraçada amic narrador
    d'històries...

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