miércoles, 3 de febrero de 2010

¿Envidioso yo?.


Hay quien dice que todos los refranes tienen razón o, como mínimo, esconden algo de verdad. Yo tengo preferencia por el que dice: "No por mucho madrugar, amanece más temprano". Por eso nunca me levanto antes de las diez de la mañana. Todos los que me conocen. lo saben. Todos, menos mi amigo Josep Aragüas.
Esta mañana, cuando he encendido el móvil, me he encontrado un mensaje suyo que decía: "Me gustaría que me escribieras algo sobre las reflexiones que hiciste el otro día a propósito de la envidia". Su petición no me ha sorprendido, pues, como profesional de la psicología, es un gran aficionado a los estudios clínicos. Lo que me ha sorprendido es que yo no recordaba haber hablado de este tema en nuestra última conversación.
- Si sigues así, -me ha advertido-, en vez de escribir sobre la envidia, tendrás que escribir algo sobre la senilidad precoz.
Creo que fue Novalis el que sentenció: "Cuando veas a un gigante, observa cuidadosamente la posición del sol, por si el gigante no sea otra cosa que la sombra alargada de un enano". Esta frase describe a la perfección el estado de ánimo del envidioso. El envidioso está convencido de que el sol alumbra a todos, menos a él. Por eso tiene la sensación de que el mundo es injusto, de que está mal repartido. Todo lo que el envidioso tiene es producto de su esfuerzo, todo lo cuesta mucho, y cree que, a los demás, todo les viene regalado. La diferencia con el ambicioso es que el envidioso rivaliza, pero no compite. Al menos, no públicamente. El envidioso no lucha para que el mundo sea más justo, sino para que la injusticia se reparta equitativamente y no acabe, como siempre, tocándole toda a él.
Claro que el envidioso suele ser pesimista. Sobre todo, con las ilusiones de los demás. Los que reconocen tener envidia sana están equivocados. No hay envidia sana. Hay una envidia pública, que reconoce el éxito ajeno, y una silenciosa, que sólo se alegra con el fracaso del que tiene al lado. Porque la envidia, cuanto más cercana, más intensa es.
Y el envidioso, por desgracia, no es una especie en extinción. Para hallar un buen ejemplar no es necesario buscar en las páginas amarillas. Podemos toparnos con él en el ascensor, en nuestra familia, en nuestro trabajo...
Hay personas convencidas de que el mayor enemigo de un trabajador es el empresario. Pero se equivocan. La distancia entre ambos es demasiado grande. Y quien pone en peligro su puesto no suele ser el jefe, sino el compañero de al lado. Al jefe nadie le cuenta sus confidencias, pero al compañero, sí. En la legislación laboral, existen leyes que te protegen de un jefe déspota, pero no hay ninguna que te proteja de un compañero envidioso. Este tipo de compañero es más peligroso por su cercanía, que el jefe por su altivez. El jefe es menos peligroso porque es un enemigo natural, tan natural como el compañero que nos ofrece su complicidad desinteresadamente. Al jefe se le ve venir, pero al compañero, no. El jefe puede no cumplir las amenazas que lanza públicamente, pero el compañero que palmea nuestra espalda cumplirá todas las que planea en silencio. Para el envidioso, los sueños profesionales de los demás son amenazas para él, e intentará por todos los medios que no se cumplan. No es un campeón de tiro, porque las balas hacen mucho ruido. Él es un campeón de lanzamiento con dardos, que son más silenciosos. Dardos envenenados con injurias que él o ella unas veces lanzan, y otras, disimuladamente, dejan caer. Pero siempre con efecto carambola. Esto quiere decir que, cuando lanzan un pelotazo, lo hacen contra la pared, para que de la pared rebote contra el envidiado, confundiendo así su procedencia. Cuando se trata de dardos difamadores, el envidioso siempre busca su origen en terceras personas, para convertirse en un simple mensajero. Él o ella son especialistas en levantar rumores que dañen el prestigio, la labor o las virtudes de todo aquel objeto de su envidia. El problema es que no resulta fácil pasar desapercibido delante de ellos. Porque sus complejos de inferioridad y su erosionada autoestima les obligan a sentirse agraviados por todo aquél que desfila ante su presencia. Y sus complejos pueden ser tan variados como difíciles de averiguar. No importa que nosotros no seamos presumidos: él o ella nos acusarán de estar siempre exhibiéndonos. No importa que nosotros no alardeemos de nuestras virtudes, él o ella siempre dirán que les molestamos con nuestra arrogancia.
Tanto en su trabajo como con sus amistades, ellos valoran los logros y las posesiones, en vez de valorar a las personas. Y como a veces no les pueden robar los logros justamente ganados, hacen todo lo posible para que el ganador o la ganadora de dichos logros acabe siendo víctima de los mismos. Si una compañera de trabajo es demasiado guapa, la envidiosa reconocerá su belleza, pero también se apresurará a destacar su posible falta de decencia. Bastante trabajo le cuesta a la envidiosa reconocer la belleza ajena, para que encima tenga que reconocer los estudios y la inteligencia. Paradójicamente, al envidioso/a siempre le gusta estar cerca del envidiado. Por dos razones, principalmente. Para imitarle y para ganarse su confianza. Él es chivato por naturaleza, y cuanto más cerca esté del envidiado, más posibilidades tiene de conocer sus defectos, sus secretos, sus debilidades... Todo aquello, en fin, que le hace vulnerable a sus intenciones.
Pero la envidia no es una enfermedad: es un síntoma. Aunque un síntoma crónico. Y si resulta prácticamente imposible curarla, es porque resulta prácticamente imposible hallar a alguien que reconozca padecerla. Ante el fracaso ajeno, el envidioso se coloca siempre en primera fila, no sólo porque es posible que lo haya vaticinado, sino porque contemplar el fracaso ajeno es la única manera de anestesiar el rencor propio. Destacar los defectos de los demás es uno de sus pocos placeres. Y si esos defectos no existen, allí están él o ella para inventárselos. El sentimiento de rencor les abarca como el agua rodea a una isla. Pero ellos no viven en una isla. Viven en una sociedad de consumo, competitiva, diseñada para que el éxito pueda y deba ser exhibido de la manera más agresiva posible.
La envidia, querido Josep, es un plato que a todos nos gusta cocinar, pero que nadie está dispuesto a comerse. Y, curiosamente, al envidioso le cuesta menos aplaudir el éxito de un desconocido, que el de su mejor amigo. Incluso de su propio hermano. Porque la envidia, siempre ciega, no distingue entre lazos sanguíneos o afectivos. Dependiendo del tamaño de su herida, y por tanto, de su grado de frustración, pedir consejo a un amigo envidioso es como perdirle fuego a un pirómano. Su especialidad es incinerar el optimismo ajeno para que no se convierta en éxito, y si dicho éxito aparece, sacarle todos los defectos posibles para que el merecido autor no lo disfrute.
Personalmente, siempre he preferido el desafío del valiente a la venganza del cobarde. Y el envidioso suele ser cobarde, no sólo por hacer leña del árbol caído, sino por querer talarlo antes de que haya crecido.
Según el DRAE, la envidia -en su primera definición- es la tristeza o pesar del bien ajeno. En su segunda definición, dice: "Emulación, deseo de algo que no se posee".
Naturalmente, existen varios grados de envidia, que van desde los simples celos infantiles hasta la mezquindad paranoide. Ahora no recuerdo si es un proverbio chino, o árabe, el que dice; "Escribe en la arena el daño que has recibido, y en un bloque de mármol el cariño que te han dado".
Esta sería la mejor terapia para los envidiosos.
Pero ellos están demasiado ocupados mirándose en un espejo en el que jamás se reflejarán.

1 comentario:

  1. Querido José,
    muy bien diseeccionado el problema de la envidia.

    Cuando como empresario detectas a un envidioso desarrollado y maduro entre tu personal te echas a temblar.
    Lo detectas rápido procura hacerte la pelota e informarte de los demás. Eso no es lo malo, consigue convencer a las personas más valiosas de tu empresa de que tú desconfias de ellos, con lo que todos tus gestos de reconocimiento, son interpretados por tu colaborador a través del filtro del envidioso.
    Lo que era agua clara, se convierte en una charca turbia.
    Y cuando despides al envidioso, se ha convertido en victima.
    Afortunadamente su vicio los domina, y una vez fuera de la empresa siguen igual, y con la distancia algunos identifican que fueron engañados, pero, ya no vuelve nada a ser como antes. El envidioso mata la inocencia.

    Y en una empresa dónde tratas de explicar que la inteligencia es astuta pero ingenua, porque quieres que se desarrolle lo mejor y más creativo de ellos, eso es muerte, son areas necrosadas.

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