miércoles, 15 de julio de 2009

El tembloroso espejo de la timidez.







Habíamos estado hablando de cómo las hormonas llaman a la puerta de la felicidad, y de cómo, a veces, la derriban. Salimos del Café de la Ópera y mi amiga subió a un taxi. Una vez dentro, bajó la ventanilla y me preguntó: "¿Qué fuerza crees que es más poderosa: el odio o el amor?". Tras rozar levemente sus labios, respondí: "el autoengaño".
Mi amiga y yo tenemos la costumbre de despedirnos con un beso en la boca, sólo cuando hemos tenido una discusión y no ha habido un claro ganador. Según ella, es una forma de prolongar el desafío. Según Baudelaire, una forma de cultivar la seducción.
Aún no había llegado a la Plaza de Cataluña, cuando recibí un mensaje suyo: "El mayor enemigo del amor no es el odio, es la timidez". Mi amiga tiene la fea costumbre de improvisar frases sin citar al autor, para que uno se pase el resto del día intentando recordar si pertenece a Wilde, Freud o Calderón. Es una forma de conseguir que sigas pensando en ella después de la despedida. Y con la frase de este mensaje, sin quererlo, me había dado la razón.
En efecto, una de las formas de autoengaño es la timidez, esa sensación de tener que abrazar cosas para las cuales nos faltan manos. El paisaje de la vida no es más que el espejo donde nos miramos, y el tímido no se atreve a disfrutar del paisaje por vergüenza, porque piensa que es el paisaje el que le está observando a él. Es difícil averiguar quiénes somos, si el espejo que sujetamos está temblando. Para el tímido, es mejor dar por perdido, que verse obligado a perder. Prefiere perder por evitar, que perder por participar.
Hay gente que acude a la quiromancia, porque no se atreve a agarrar el futuro con sus propias manos. Cuánta gente muere todos los días sin saber que su vida sólo fue una constante huida. Nadie les dijo que se puede escapar del pasado pero no del futuro, porque el futuro es la única dirección en la que podemos correr. De ahí que el triunfo de la psiquiatría no resida en la psicoterapia, sino en la farmacología. Porque mucha gente prefiere anestesiar los síntomas del dolor a conocer sus orígenes. Desde el miedo del tímido al delirio del fanático, el autoengaño es la fuerza más poderosa que decide nuestra biografía. Cuando en 1844, el doctor Horacio Wells descubrió la anestesia quirúrgica, y en la misma época, un estudiante de medicina los efectos del cloroformo, la Iglesia Católica se apresuró a gritar que eso era un invento de Satanás, con el científico argumento de que su Dios había dicho que la mujer debía parir con dolor. Tanto el creyente que reza, como el amante que suplica a la vez que niega, se arrodillan ante el miedo, no ante el amor. La anestesia utilizada para el dolor físico es distinta de la que usamos para el dolor sentimental. La anestesia más potente para aliviar este dolor es la mentira.
Negar la evidencia: no hay analgésico más eficaz.
La diferencia entre mentir bien y mentir mal no es una cuestión de talento, sino de entrenamiento. Marx afirmó que la religión es el opio del pueblo, porque muchos siglos antes unos políticos descubrieron que la fe es el placebo de la ignorancia. Por eso se conviertieron en sacerdotes: para sacralizar la mentira y eternizar su impunidad. Los políticos mienten desde el parlamento y los curas desde el sacramento. Ni siquiera los comunistas se escapan al impulso de deificar la realidad. Los grandes dictadores comunistas han justificado su ateísmo siempre con el mismo argumento: "¿Para qué váis a creer en Dios -avisa Fidel- pudiendo rezarme a mí?". La mejor manera de evitar que alguien dé un paso es convencerle de que no hay camino. Por eso, en la senda del amor, nadie debería dejar sus huellas con los zapatos de otro. La religión necesita del amor, pero el amor no necesita de la religión. Para amar, no es necesario creer. Basta con dejar de temer.
Al llegar a casa, me sorprendí al ver que mi amiga me estaba esperando en la puerta. Antes de que pudiera preguntarle la razón, me enseñó las palmas de sus manos. "Necesitaba un abrazo", dijo, apretando su pecho contra el mío. Y como mi amiga jamás lleva reloj, me preguntó sin dejar de mirar la Luna: "¿Cuándo crees que nos engañamos más: cuando amamos o cuando odiamos?". "A veces -le dije-, el futuro es un espejo donde nos asusta reflejarnos".
Si es verdad que una imagen vale más que mil palabras, hay abrazos que valen más que mil promesas.
Mi amiga Cristina se casa el próximo mes de agosto en una cala de Ibiza. Me ha pedido que sea el padrino de su boda, pero me he ofrecido a ser sólamente testigo.
El testigo mudo que sentirá el cuchillo en su pecho cuando los novios corten el pastel.

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